GIOVANNI
PAPINI: EL FIN DEL MUNDO
He presenciado el fin del mundo, pero lamento tener que
confesar que me ha desengañado un poco, pues no fue aquel trastorno
cataclismático que los más instruidos anunciaron. Algo grandioso, en el sentido
espectacular, sí, lo he visto, sin embargo; pero en su conjunto el
acontecimiento tan esperado se desarrolló en fases regulares, más tranquilas de
lo que nunca hubierais imaginado.
Antes de todo, el sol
comenzó a hincharse, a dilatarse, y se puso tan grande, más o menos, como el
escudo de Aquiles. Luego se fragmentó en millares de partículas que se
desparramaron por el firmamento como otras tantas estrellas, apenas distintas
de las demás por su color vagamente dorado. La luna, antes de apagarse, giró
sobre sí misma y mostró la otra faz, la que nunca habíamos visto, y noté que
era absolutamente igual a la que siempre vimos, repartida en manchas oscuras
entre cándidos resplandores. No obstante haber desaparecido los dos astros
mayores, el del día y el de la noche, yo veía lo mismo lo que estaba ocurriendo
ante mí, porque el cielo y la tierra se hallaban rodeados de un fulgor de llama
velada, que, pese a su tenuidad, teñía de pálida claridad rojiza a todas las
regiones del universo.
La novedad que más me
sorprendió fue la desecación de los océanos que se produjo en breve instante,
silenciosamente, sin trastornos ni sacudimientos. La inmensa masa de las aguas
se desvaneció casi de repente como se seca una piedra humedecida en unos
segundos de exposición a los rayos del sol estival. El fondo de los mares era
espantosamente hondo e inmundo con la multitud de peces muertos amontonados,
peces de toda especie y monstruos nunca vistos y que a duras penas alcanzaba yo
a distinguir, pues los deshacía ante mis ojos una rápida putrefacción. Había
aquí y allá valles hundidos donde veía pilas de huesos de ahogados y náufragos
y unos restos confusos de navíos que desde hace siglos se iban deshaciendo
lentamente en aquellos abismos, desde los galeones españoles hasta los
submarinos de las últimas guerras.
Lo que acontecía en la
tierra me parecía aun más extraño. Todas las plantas, desde las viejas encinas
hasta los humildes rastrojos, al parecer se consumían invisiblemente en una
combustión sin llamas y poco a poco iban cubriendo el suelo de una capa de
finísima ceniza. También los animales perdían en forma misteriosa la envoltura
corpórea y quedaban reducidos a los solos huesos, pero los esqueletos
permanecían en pie, como los del elephas primigenius o del
dinosaurio que se exhibían montados en lustradas tarimas en nuestros museos de
paleontología.
Poco a poco, asimismo, las
montañas y las colinas se desmenuzaban lentamente en algo semejante a la
ceniza, como había ocurrido con las plantas, y no tuve al fin ante mí sino una
extensa llanura cubierta de polvo gris, sólo poblada por los esqueletos
inmóviles y blancos de los animales descarnados.
Todo cuanto llevo dicho se
desarrolló en silencio, en un atónito silencio que recordaba la callada soledad
de las galaxias; pero de pronto oí una desencadenada tormenta de ruidos que me
estremeció. Aquel desmedido estrépito me despertó y ahora no puedo, por
desdicha, narrar la continuación y el final de la catástrofe cósmica que desde
hace milenios esperamos y que no ha de repetirse por segunda vez.
Edmundo Rivero: Milonga Lunfarda
Que la pasen bien