Tomada de El
Libro de el Tango (Arte popular de Buenos Aires) De Horacio Ferrer
El Hotel de
Inmigrantes está allá abajo. En el barrancón de Retiro, sobre el río. ¿Hotel?
¿Llamar hotel a esa pajarera feroz? Eso es un hormi-guero a donde van a parar
con su documento y su atado de ropas los que recién desembarcan y aún no tienen
conventillo conseguido.
Pero aunque así de
fiero, así de penitenciario, así de triste, algo hubo que hacer para
albergarlos. Porque, ¿sabés cuántos son los inmigrantes que llegan solamente
entre 1906 y 1910? Es inimaginable. Tantos como para
poblar una enorme ciudad: 850.000 llegan! Muchos, al campo. Muchos, más de lo
posible quedan de nuevo en Buenos Aires. Y hacen hijos y hacen más hijos todavía.
Es de asombro: en 1909, la Capital Federal alberga a un millón y cuarto de
seres. Otra vez, hay aquí más extranjeros que nativos.
Cuando
los festejos del Centenario de Mayo 1910, preside Figueroa Alcorta. Ya se
siente "en el aire", cierta complacencia oficial para todo lo que
importe exaltación de las tradiciones. Para ese difuso pero creciente
sentimiento nacional que es nuestra silvestre y más o menos eficaz línea
Maginot frente al cambalache de dialectos, a la "melange" de
filosofías.
Los
centros nativistas, las publicaciones gauchescas, el libro —es de 1909 la
Restauración Nacional, de Ricardo Rojas—, el auge de payadores y de
milongueros, la ola de cifras, estilos, gatos, pericones y canciones criollas
son los como anticuerpos que suscita la inmigración. Vocación nacional alienta
en el teatro, y hasta en el incipiente cine que produce Episodios de San
Martín, Alma de Criolla, Por mi Bandera. Tierra Argentina, Dios te Bendiga, El
Gaucho, Romance Argentino. El culto religioso por el pequeño príncipe pampa
Ceferino Namuncurá —muerto en Roma en 1905—, también es una devoción nacional.
Criollo y Nacional ascienden a rango de divisa identificadora: autor nacional,
cantor nacional, dúo criollo, tenor nacional, son etiquetas de uso corriente.
Los catálogos de discos fonográficos, en pleno primer apogeo de producción y de
ventas, se llenan con tiradas de Gabino Ezeiza, de Arturo de Navas, de José
Betinotti, de José Razzano, de Carlos Guido Spano, de Florencio Parravicini, de
Roberto Casaux.
Dos
sellos impresores de la fonografía se apropian de esos distintivos: discos
Criollo, y discos Nacional. Y en el mismo año del Centenario otra empresa
—Columbia— anuncia la edición del primer fonograma de dos fases de un conjunto
instrumental de tangos, de un cuarteto del Tango arrabalero.
Ahora
que ya sabemos cómo es el clima de la época; ahora que el Tango ya va siendo
protagonista socializado de Buenos Aires y música nacional por excelencia, ¿qué
otra denominación iba a adoptar su congregación instrumental más típica que no
fuera ésta?: Orquesta Típica Criolla.
TANGO PARA CASI TODOS (Capitulo 57)
El rótulo es una pegada en toda la línea. Ha sido ocurrencia feliz de
ese gordito bandoneonista del barrio de La Concepción, con espaldarazo en los
bares de La Boca y veintitrés años recién cumplidos: Vicente
"Garrote" Greco.
Acaba de popularizar un tango dedicado a la visitante ilustre, Isabel de Borbón —lo titula La infanta—, cuando se aparece con su Orquesta Típica Criolla (bandoneón, guitarra, flauta, violín) en el estudio de la Columbia Phonograph Company General of New York - London. Graba dos tangos: Don Juan y Rosendo.
Diez años en números redondos, ha tardado la más genuina de las manifestaciones interpretativas del Tango de arrabal en llegar al disco! Ahora, roto el muro de contención se vuelca torrentosamente. Otras dos estrellas del bandoneón con sus respectivas formaciones lo siguen a Greco, también en la Columbia de Tagini: Juan "Pacho" Maglio y Genaro "El Tano" Spósito. Y en otras marcas, graban Berto, Bernstein, Loduca, Bolognini, el Cuarteto La Armonía, Firpo, Santa Cruz.
El score comparativo de ventas es de basketball. En guarismos de recaudación y de discos vendidos, la Orquesta Típica Criolla le tira el chico lejos a cualquier otra cosa que se imprima. Venden todos bien, pero lo de Maglio linda en el delirio. Va, cuando alguien va a una casa de música no pide un disco, reclama directamente: "Deme un Pacho".
La divulgación en altísima escala de los cuartetos por la vía fonográfica genera un crecimiento equivalente en la edición de temas en partes para piano. Y hasta en arreglos para violín y piano, o para pequeña orquesta de salón que escriben algunos maestros italianos.
Este empujón alcanza también a la danza, en menor medida, y sobre la base de una versión estimablemente más simple y menos violenta que la original arrabalera, algunos salones, en especial los que frecuenta el proletariado, los que patrocinan las colectividades extranjeras (Italia Unita, Unione e Benevolenza, El Prado Español), los patios de las casas humildes, acogen a las orquestitas de cuatro músicos para encabezar sus bailes; cuadrillas, chotis, mazurcas, se van lentamente al mazo con sus vueltas anacrónicas y bostezadas.
No pasa igual en las clases alta y media: aquí el Tango no es si quiera nombrado. Pero estos "cien gramos que faltan para el kilo" del triunfo total, los pone un acontecimiento inesperado. París, que admite cualquier cosa menos el tedio, se hastía de las viejas danzas. Necesita re-novarse. El Tango, intacto, atrayente, exótico, diferenciado, rarísimo, es el perfecto candidato. París va a bailar Tango.
Acaba de popularizar un tango dedicado a la visitante ilustre, Isabel de Borbón —lo titula La infanta—, cuando se aparece con su Orquesta Típica Criolla (bandoneón, guitarra, flauta, violín) en el estudio de la Columbia Phonograph Company General of New York - London. Graba dos tangos: Don Juan y Rosendo.
Diez años en números redondos, ha tardado la más genuina de las manifestaciones interpretativas del Tango de arrabal en llegar al disco! Ahora, roto el muro de contención se vuelca torrentosamente. Otras dos estrellas del bandoneón con sus respectivas formaciones lo siguen a Greco, también en la Columbia de Tagini: Juan "Pacho" Maglio y Genaro "El Tano" Spósito. Y en otras marcas, graban Berto, Bernstein, Loduca, Bolognini, el Cuarteto La Armonía, Firpo, Santa Cruz.
El score comparativo de ventas es de basketball. En guarismos de recaudación y de discos vendidos, la Orquesta Típica Criolla le tira el chico lejos a cualquier otra cosa que se imprima. Venden todos bien, pero lo de Maglio linda en el delirio. Va, cuando alguien va a una casa de música no pide un disco, reclama directamente: "Deme un Pacho".
La divulgación en altísima escala de los cuartetos por la vía fonográfica genera un crecimiento equivalente en la edición de temas en partes para piano. Y hasta en arreglos para violín y piano, o para pequeña orquesta de salón que escriben algunos maestros italianos.
Este empujón alcanza también a la danza, en menor medida, y sobre la base de una versión estimablemente más simple y menos violenta que la original arrabalera, algunos salones, en especial los que frecuenta el proletariado, los que patrocinan las colectividades extranjeras (Italia Unita, Unione e Benevolenza, El Prado Español), los patios de las casas humildes, acogen a las orquestitas de cuatro músicos para encabezar sus bailes; cuadrillas, chotis, mazurcas, se van lentamente al mazo con sus vueltas anacrónicas y bostezadas.
No pasa igual en las clases alta y media: aquí el Tango no es si quiera nombrado. Pero estos "cien gramos que faltan para el kilo" del triunfo total, los pone un acontecimiento inesperado. París, que admite cualquier cosa menos el tedio, se hastía de las viejas danzas. Necesita re-novarse. El Tango, intacto, atrayente, exótico, diferenciado, rarísimo, es el perfecto candidato. París va a bailar Tango.